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Declaración y oración de la ICRNA sobre inmigración

January 30, 2026

Hace casi 170 años, la ICRNA nació de inmigrantes. Hoy, aproximadamente una cuarta parte de nuestras congregaciones de la ICRNA está compuesta mayoritariamente por grupos étnicos diversos, muchos de los cuales incluyen inmigrantes recientes. Estos hombres y mujeres son nuestros pastores, intercesores en oración, ancianos, diáconos y maestros. Lamentablemente, muchos de ellos, y sus congregaciones en los Estados Unidos, están enfrentando nuevas presiones y temores que están interrumpiendo el ministerio del evangelio al que han sido llamados.

Sabemos esto por experiencia de primera mano, puesto que congregaciones de la ICR con numerosos miembros inmigrantes nos han compartido los efectos que las severas medidas de control migratorio han tenido sobre ellas, incluyendo los siguientes:

  • Miembros, tanto con estatus legal como sin él, siendo interrogados y detenidos —a veces incluso antes o después de actividades de la iglesia y servicios de adoración.
  • Visas para estudiantes y otras personas están siendo canceladas o significativamente retrasadas.
  • Familias siendo separadas.
  • Pastores deportados o saliendo del país por temor a la deportación.
  • La imposibilidad de reunirse para la adoración y el estudio bíblico debido a que las iglesias y sus estacionamientos están siendo vigilados.
  • Enfrentamientos cada vez más violentos, e incluso mortales, entre agentes de inmigración y manifestantes, como los ocurridos en Minneapolis y otras ciudades de los Estados Unidos.

Como hermanos y hermanas en Cristo, compartimos este dolor y lo lamentamos juntos. Cuando algunos de nuestros miembros sufren, todos sufrimos. Por eso, lloramos las formas en que diversos miembros de nuestro cuerpo eclesial y de nuestra comunidad han sido tratados. Aunque no seamos específicamente el blanco de estas acciones, nos solidarizamos con aquellos miembros que son más vulnerables. Y si estamos experimentando maltrato, nos negamos a caer en la desesperanza. Todos nos comprometemos activamente a construir relaciones entre nosotros, a no aceptar injusticias en silencio y a ofrecernos apoyo mutuo.

Al mirar a nuestro alrededor, vemos que otros cristianos se están uniendo a este esfuerzo. La Asociación Nacional de Evangélicos, de la cual la ICRNA es miembro, por ejemplo, “lamenta todos los actos de violencia contra los portadores de la imagen de Dios”, expresa su “preocupación por el daño moral que experimentan los agentes de inmigración que buscan servir con honor pero enfrentan presiones para cumplir con cuotas de arrestos irreales”, y “hace un llamado a una solución bipartidista sobre inmigración que respete la dignidad otorgada por Dios a cada persona, proteja la unidad de la familia inmediata, respete el estado de derecho, garantice fronteras nacionales seguras, asegure justicia para los contribuyentes y establezca un camino hacia el estatus legal y/o la ciudadanía para quienes califiquen y deseen convertirse en residentes permanentes”.

Como pueblo de la ICRNA, recordamos las posturas históricas y vigentes de nuestra denominación en relación con la inmigración y la migración.

Reconociendo que todos hemos sido injertados en el pueblo escogido de Dios por su gracia inmerecida (Romanos 9:6–29; 11:17–21), creemos que Dios nos llama a mostrar el mismo amor y bienvenida a los migrantes, refugiados e inmigrantes en nuestros países y comunidades. El Señor nuestro Dios ama y defiende la causa de los huérfanos, las viudas y los inmigrantes (Deuteronomio 10:17–20).

Sabemos que la iglesia de Jesucristo está formada por personas de todas las razas (Catecismo de Heidelberg, P. y R. 54) y que “no está confinada, limitada ni restringida a un lugar o a un pueblo en particular, sino que está esparcida y dispersa por todo el mundo…” (Confesión Belga, Art. 27). Juntos esperamos el día en que el pueblo santo de Dios, de toda nación, pueblo y lengua, adore delante del trono de Cristo (Apocalipsis 7:9).

Por lo tanto, se anima a las congregaciones Cristianas Reformadas a acoger, amar e integrar a inmigrantes, refugiados y migrantes en nuestras iglesias, y a abogar por una reforma migratoria integral, mayores oportunidades para que los inmigrantes obtengan estatus legal y un trato digno para quienes son detenidos debido a la falta de dicho estatus (ver Actas del Sínodo 2010, págs. 875–879).*

La ICRNA también reconoce el derecho y el deber de los gobiernos civiles de regular y administrar las fronteras nacionales y los procesos migratorios, y de hacerlo de manera que promueva la dignidad y trate a todas las personas como portadoras de la imagen de Dios. Lamentamos cuando esto no sucede y cuando, en cambio, las personas son tratadas con indignidad y falta de respeto. Como iglesias, nos comprometemos a respetar, orar por y animar a los líderes civiles de nuestras naciones, estados, provincias y otras municipalidades, aun cuando abogamos por cambios necesarios (Actas del Sínodo 2010, págs. 878–879).

Por favor, únase a nosotros en esta oración:

Padre Dios,

Tú eres el Dios que llama a personas de toda nación, tribu, pueblo y lengua para formar una sola iglesia santa y universal, en todo lugar y a lo largo de todas las generaciones. Ayúdanos a encarnar verdaderamente esta visión de tu iglesia en nuestras relaciones unos con otros.

Dios, tú nos has llamado a practicar la justicia, a amar la misericordia y a caminar humildemente contigo. Perdónanos cuando no obedecemos este llamado. Perdónanos por la injusticia en nuestras leyes, en nuestras comunidades y en nuestras relaciones. Perdónanos cuando no logramos ver la injusticia o cuando no respondemos con misericordia. Y ayúdanos a caminar con humildad, reconociendo que las respuestas están en ti y no en nuestras propias ideas o soluciones.

Señor, ponemos delante de ti a nuestros hermanos y hermanas. Salva a quienes están sufriendo y desplazados, a quienes viven con temor y a quienes son perseguidos. Rodéalos con tu paz y tu protección, y ayúdales a saber que tú los sostendrás.

Señor, anhelamos que tu voluntad se haga en la tierra como en el cielo. Ayúdanos a compartir tu paz con quienes tienen miedo, tu amor con quienes sufren y tu evangelio con quienes están quebrantados.

Trae sanidad a nuestras comunidades y a nuestros países por medio de tu iglesia. Concede sabiduría a nuestros líderes civiles y danos palabras para apoyar y abogar por y junto a quienes, como portadores de tu imagen, son los más afectados.

Danos esperanza mientras esperamos el regreso de tu Hijo y la venida de tu ciudad celestial, la Nueva Jerusalén, donde enjugarás toda lágrima de nuestros ojos.

Amén.